Las Fintech están en el centro de atención de todos los actores relevantes del mundo de las finanzas y la tecnología. Existe mucha inquietud acerca de cómo estos desarrollos disruptivos, ágiles y altamente enfocados en atender necesidades específicas de los usuarios están revolucionando (¿o acaso enterrando?) un negocio tradicionalmente resistente al cambio, como es la banca. El Perú no es excepción: entre el 7 y 8 de setiembre fue sede de la Fintech Conference Latam 2017, que reunió a importantes representantes de la banca tradicional y los nuevos emprendimientos tecnológicos. El futuro de los pagos digitales fue uno de los temas centrales del encuentro.

No obstante ello, el Perú es uno de los países menos activos de la región en cuanto a desarrollo de fintechs. Un estudio reciente elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y Finnovista ubicó 703 empresas jóvenes de fintech en 15 países de América Latina; de ellas, apenas 16 estaban en el Perú, el 2,3% del total. La mayor parte de las fintech latinoamericanas se concentran en Brasil (32,7% del total) y México (23,6%).

Se habla mucho de la revolución de las fintech, pero en realidad, antes de que pueda hablarse en esos términos –al menos en América Latina–, estas empresas tienen que terminar de establecerse en un entorno que nunca fue conquistado plenamente por la banca tradicional. En toda la región, el promedio de bancarización es de 49%, según el BID. En el Perú es aún más bajo, en torno a 40%. En un contexto así, más que ‘canibalizar’ los negocios financieros tradicionales, las fintech ofrecen la oportunidad de acercar los beneficios de la banca a más personas. Más que competir abiertamente, los bancos establecidos y las fintech pueden complementarse.

Las fintech abarcan un amplio espectro de actividades relacionadas con las finanzas. Algunas, como EFK –de origen peruano– y Destacame –nacida en Chile– ofrecen sistemas de scoring alternativo, que permiten acercar financiamiento a segmentos de la población normalmente alejados del crédito. Otras, como Kubo Financiero –surgida en México– o Creditas –Brasil– funcionan como plataformas de financiamiento. Y también hay fintech que gestionan pasarelas de pago, generan contratos inteligentes y ayudan en la gestión contable y financiera de los negocios. Un común denominador de la mayoría de estos emprendimientos en América Latina es que no intentan desplazar a la banca, sino ampliar el alcance de los servicios financieros. Pero establecer sinergias pasa por reconocer las fortalezas de ambos lados.

Las fintech son emprendimientos ágiles, flexibles y que responden a un nuevo paradigma: no se preocupan en vender un producto ya establecido, sino de entender las necesidades del público y crear productos a medida. Vistos en comparación, los bancos tradicionales pueden ser estructuras complejas, con muchas dificultades para hacer cambios y adaptarse a los entornos cambiantes, pero tienen a su favor un vasto conocimiento del mercado y el entorno regulatorio, una cantidad masiva de información sobre sus clientes y –en el mejor de las casos– la confianza de sus usuarios. También disponen de capital, por lo que muchos bancos están optando por adquirir fintechs como una manera rápida de acceder a nueva tecnología. Sin embargo, esta estrategia puede enfrentar problemas debido a la dificultad que representa encajar la mentalidad del negocio fintech dentro de un esquema de banca tradicional.

Con todo eso en consideración, Strategy& aconseja a los ejecutivos de la banca tradicional una estrategia distinta, de activa prospección del entorno de fintech, con la idea de identificar qué emprendimientos encajan mejor con las fortalezas del negocio tradicional y, luego, establecer alianzas.

No es una estrategia desprovista de riesgos. Según Strategy&, los bancos deben tomar en cuenta que su credibilidad, la seguridad que inspiran y el buen servicio al cliente son tres activos fundamentales, por lo que se impone ser muy selectivo a la hora de seleccionar los candidatos para eventuales alianzas. Por otro lado, la regulación de las fintech todavía está en proceso de formación, y en algunos países de la región prácticamente no existe. Este es un factor que definitivamente retrasa su despegue, sobre todo en países emergentes. Aun así, no se las puede ignorar más. Según McKinsey, para el 2025 entre el 10% y el 40% de los ingresos de la banca serán generados por fintech. El que no quiera acostumbrarse a su presencia, estará condenado a salir del mercado.

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